Cuento 41 de 100 · Basado en Jonás 1–2
Jonás y el gran pez
Dios le habló al profeta Jonás.
—Levántate y ve a Nínive, la gran ciudad —le dijo—. Anuncia allí lo que te diré.
Pero Jonás no quiso. Se levantó, sí, pero para huir en dirección contraria. Bajó al puerto de Jope, pagó el pasaje y subió a un barco, lejos del Señor.
Entonces Dios envió un viento fuerte sobre el mar, y la tormenta fue tan grande que el barco parecía a punto de romperse. Los marineros tenían miedo y cada uno rezaba a su dios. Mientras tanto, Jonás se había ido al fondo del barco y estaba dormido.
—¿Cómo puedes dormir? —le dijo el capitán—. Levántate y reza a tu Dios. Tal vez se acuerde de nosotros y no nos hundamos.
Echaron a suertes para saber quién tenía la culpa de la tormenta, y le tocó a Jonás.
—Soy hebreo —les dijo—. Adoro al Señor, el Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra. Tírenme al mar y el mar se calmará. Yo sé que esta tormenta es por mi culpa.
Los marineros remaron con todas sus fuerzas para llegar a tierra, pero no pudieron. Entonces rezaron al Señor y arrojaron a Jonás al mar. Y el mar se calmó.
Dios mandó un gran pez que se tragó a Jonás. Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches. Desde allí rezó a Dios:
—En mi angustia clamé al Señor y él me respondió.
Dios habló al pez, y el pez dejó a Jonás en tierra firme.
Para conversar: Jonás rezó aun dentro del pez. ¿Puedes rezar tú en cualquier lugar?
Dios te escucha en cualquier lugar. Hasta en la oscuridad. Buenas noches.