Cuento 42 de 100 · Basado en Jonás 3–4
Jonás en Nínive
Dios le habló a Jonás por segunda vez.
—Levántate y ve a Nínive, la gran ciudad. Anuncia lo que yo te diga.
Esta vez, Jonás se levantó y fue. Entró en la ciudad y empezó a caminar y a anunciar:
—Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida.
Y los habitantes de Nínive creyeron en Dios. Todos, desde el más grande hasta el más pequeño, decidieron cambiar de vida. El rey bajó de su trono, se quitó su manto y mandó anunciar:
—Que cada uno deje su mala conducta. Quién sabe si Dios cambia de parecer y no nos castiga.
Dios vio lo que hicieron, vio que cambiaron su manera de vivir, y no les mandó el castigo.
Pero Jonás se enojó muchísimo. Le habló a Dios.
—Señor, por eso quería huir. Yo sabía que tú eres un Dios compasivo y misericordioso, lento para el enojo y lleno de bondad.
Jonás se sentó fuera de la ciudad. Dios hizo crecer una planta que le dio sombra, y Jonás se puso muy contento. Pero al día siguiente, Dios mandó un gusano que secó la planta, y Jonás volvió a enojarse.
—¿Tú te compadeces de la planta —le dijo Dios—, que no te costó nada? ¿Y yo no voy a compadecerme de Nínive, la gran ciudad, donde viven más de ciento veinte mil personas, y también muchos animales?
Dios quiere a todas las personas, y también a los animales.
Para conversar: Dios se compadece de todos. ¿De quién te puedes compadecer tú esta semana?
Dios te quiere tal como eres, y quiere a todos. Buenas noches.