Cuento 37 de 100 · Basado en 1 Reyes 17,1-16
Elías y la viuda de Sarepta
El profeta Elías se escondió junto a un arroyo, porque Dios se lo había dicho. Bebía agua del arroyo, y los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y por la tarde. Pero después de un tiempo, el arroyo se secó.
Entonces Dios le dijo:
—Levántate y vete a Sarepta. Allí he ordenado a una viuda que te dé de comer.
Elías fue. A la entrada de la ciudad, vio a una mujer que recogía leña.
—Por favor, tráeme un poco de agua en una jarra para beber —le pidió.
Cuando ella iba a buscarla, Elías le dijo:
—Tráeme también, por favor, un trozo de pan.
—No tengo pan —respondió ella—. Solo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la jarra. Estoy recogiendo unos leños para preparar algo para mi hijo y para mí. Lo comeremos, y luego moriremos.
—No tengas miedo —le dijo Elías—. Ve y haz lo que dices. Pero primero hazme una tortita pequeña y tráemela. Después prepararás para ti y para tu hijo. Porque así dice el Señor: «La harina de la tinaja no se acabará y el aceite de la jarra no faltará, hasta el día en que el Señor mande la lluvia».
La mujer fue e hizo lo que Elías le había dicho. Y comieron ella, su hijo y Elías, durante muchos días. La harina de la tinaja no se acabó, y el aceite de la jarra no faltó, tal como lo había dicho Dios.
Para conversar: La viuda compartió lo poco que tenía. ¿Qué puedes compartir tú?
Cuando compartimos, Dios se encarga de que no falte. Buenas noches.