Cuento 38 de 100 · Basado en 1 Reyes 19,1-13
Elías y la brisa suave
Elías tenía miedo, y se fue lejos, al desierto. Caminó todo el día y se sentó bajo un arbusto. Estaba tan cansado y tan triste que le dijo a Dios:
—¡Basta ya, Señor!
Luego se acostó y se quedó dormido.
De pronto, un ángel lo tocó.
—Levántate y come —le dijo.
Elías miró y vio, junto a su cabeza, una torta cocida sobre piedras calientes y una jarra de agua. Comió, bebió y se volvió a acostar.
El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo:
—Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti.
Elías se levantó, comió y bebió. Con las fuerzas que le dio aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Allí entró en una cueva para pasar la noche.
—¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó el Señor.
Y Dios le dijo:
—Sal y ponte de pie en el monte, delante del Señor, porque el Señor va a pasar.
Vino un viento muy fuerte, que partía las montañas. Pero el Señor no estaba en el viento. Después hubo un temblor de tierra. Pero el Señor no estaba en el temblor. Luego, un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego.
Y después del fuego, se oyó el murmullo de una brisa suave.
Cuando Elías lo oyó, se cubrió la cara con su manto y salió a la entrada de la cueva. Dios le hablaba en la brisa suave.
Para conversar: ¿Dónde es más fácil escuchar a Dios: en el ruido o en el silencio?
Haz silencio un momento: Dios también puede hablarte en la calma. Buenas noches.