Cuento 58 de 100 · Basado en Lucas 2,22-38
Simeón y Ana ven al niño Jesús
Cuando Jesús era todavía un bebé, José y María lo llevaron al templo de Jerusalén para presentarlo al Señor. Como ofrenda, llevaron un par de tórtolas o dos pichones.
En Jerusalén vivía un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso. Esperaba la consolación de Israel. El Espíritu Santo le había avisado que no moriría sin antes ver al Mesías del Señor.
Aquel día, el Espíritu lo llevó al templo. Cuando entraron los padres con el niño Jesús, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios:
—Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto a tu salvador, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
José y María estaban maravillados por lo que se decía del niño.
También estaba allí una mujer llamada Ana, que era profetisa. Era muy anciana. Tenía ochenta y cuatro años, y no se alejaba del templo: servía a Dios noche y día con oraciones y ayunos.
En ese mismo momento, Ana se acercó, dio gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.
Simeón y Ana reconocieron al niño Jesús, y se llenaron de alegría.
Para conversar: Simeón y Ana esperaron mucho tiempo. ¿Qué has esperado tú con paciencia?
Simeón dijo: «Ahora puedo irme en paz». Tú también puedes dormir en paz. Buenas noches.