Consagrarse a la Virgen María es entregarse a Jesús por medio de ella: ponerse en sus manos de Madre para que nos lleve a su Hijo. No es adorarla —la adoración es solo para Dios—, sino amarla y confiarle la propia vida, como hizo Jesús desde la cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27).
Oración breve de consagración
Es la más conocida y se reza cada día, por la mañana o por la noche. Se atribuye tradicionalmente al jesuita italiano Nicolás Zucchi (siglo XVII).
¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a vos, y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de bondad, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.
La consagración total de san Luis María Grignion de Montfort
San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) explicó en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen una consagración más completa: entregar a Jesús, por manos de María, el cuerpo, el alma, los bienes y el valor de las propias obras buenas. San Juan Pablo II tomó de ahí su lema, Totus tuus («Todo tuyo»).
La preparación tradicional dura 33 días y termina en una fiesta mariana:
- 12 días para vaciarse del espíritu del mundo.
- 7 días para conocerse a sí mismo.
- 7 días para conocer a la Virgen.
- 7 días para conocer a Jesucristo.
Cómo vivir la consagración
- Renovarla cada día con la oración breve.
- Rezar el Rosario o al menos un misterio.
- Imitar las virtudes de María: fe, humildad, servicio, escucha de la Palabra.
- Acudir a ella en la tentación y en la dificultad.
Por qué no es exagerado
El Concilio Vaticano II enseña que la función maternal de María «no oscurece ni disminuye» la única mediación de Cristo, sino que muestra su eficacia (Lumen gentium, 60). Consagrarse a María es el camino más corto para llegar a Jesús.